14 may. 2010

70 aniversario de la muerte de Emma Goldman

El 14 de mayo de 1940 moría en Toronto una de las figuras más singulares a las que dio nacimiento el siglo XIX. En absoluto una mujer de su tiempo, Emma Goldman dedicó su vida a la descomunal tarea de concienciar al mundo de la necesidad urgente de avanzar hacia el ideal emancipador del anarquismo. Pero a diferencia de muchos de sus compañeros, ella entendió desde el principio que la lucha por la libertad tenía que hacerse en todos los niveles de dominación y el patriarcado no escapó a su brillante inteligencia.

No se sabe qué indignó más a la sociedad tradicional estadounidense de su tiempo; si que una mujer cuestionara su sistema de explotación a la clase obrera, la falsedad de sus guerras, de su patriotismo, su criminal prohibición del derecho de expresión, la brutal represión violenta e impune que se cernía sobre los trabajadores en huelga... o, quizá más demoníaco aún, si su lucha por los derechos sexuales de la mujer, por la necesidad del uso libre de las medidas anticonceptivas, su noción de que el matrimonio no era más que una prostitución legalizada, su defensa a la homosexualidad o al mismísimo amor libre que ella no dudó en poner en práctica. En cualquier caso, fue calificada por el fundador del FBI J. Edgar Hoover como "la mujer más peligrosa del mundo" y esa fama la persiguió en todos sus días en América.


Emma Goldman fue, pues, una activista incansable. Recorrió Estados Unidos y Europa dando conferencias sobre los más diversos temas, todos los cuales levantaban las más profundas ampollas en sus conciudadanos más reaccionarios. Tranquila y feliz como era ella, acabó por tomarse sus numerosos arrestos a broma y nunca se le olvidaba un libro cada vez que iba a dar una conferencia; sabía que podría salvarle del aburrimiento horas después en la cárcel. En sus arrestos más largos se dedicó a organizar la vida cultural de la cárcel haciéndose cargo de la biblioteca y ayudando siempre a sus compañeras presas.

Fue, además, una teórica brillante. Se dedicó a la tarea propagandística de expandir las ideas anarquistas, algo verdaderamente difícil en un clima en el que los rojos - ella misma era llamada "Red Emma" - eran poco menos que demonios a los ojos de la misma población que ellos intentaban liberar de los verdaderos monstruos que eran sus políticos, empresarios, policías y jueces.

Fue una maravillosa cultivadora de sensibilidades. La lucha social nunca le quitó tiempo ni ganas de dedicarse a su amor por el arte, la literatura y todo lo bello de la vida. Gran conocedora literaria, dio numerosas conferencias sobre teatro y estuvo estrechamente vinculada con muchos autores y compañías de actores. Esta parte de sí misma era vista a veces como sinónimo de debilidad o distracción por sus camaradas más dogmáticos, pero ella siempre los respondería con total seguridad en sí misma. Una de sus frases que mejor han pasado a la historia la pronunció a un activista que, en una celebración, la reprendía por bailar al son de la música dando lo que para él era una pésima imagen a la lucha social como algo jovial. Su respuesta fue fulminante: "Si no puedo bailar, no quiero formar parte de tu Revolución" (seguramente Emma Goldman se revolvería en su tumba si supiera que su frase se ha convertido en una canción dance de Sophie Ellis Bextor, descargada de todo su contenido transgresor).

Pero lo que más puede asombrar y conmover de Emma Golman fue, aparte de todo lo anterior, la profunda coherencia con la que actuó siempre en su vida. En la lucha por los derechos de la clase obrera, fue ella misma una obrera de fábricas de costura. En la lucha por la liberación de las mujeres, practicó el amor libre con sus compañeros en la más absoluta igualdad y aprecio y seguridad en sí misma. Viviendo en la turbulenta época revolucionara de los años 20, y aunque antes de la Revolución Rusa se mostraba con gran esperanza en los bolcheviques, le hicieron falta pocos meses en su Rusia natal para darse cuenta de que la Revolución bolchevique llevaba en sí el germen de la contrarrevolución, y sin abandonar a su Madre Rusia intentó mucho tiempo concienciar a la clase revolucionaria de toda Europa de la necesidad de replantearse las políticas bolcheviques si no querían consumar la asfixia de la revolución.

Quizá fue entonces cuando empezaron las mayores decepciones de su vida. Ella fue una de esas afortunadas que nació y vivió en el momento justo para ver puestos en práctica sus ideales revolucionarios. Pero a la traición de los bolcheviques le siguió la decepción de la Guerra Civil Española. Emma se volcó con la causa de los anarquistas españoles y fue una gran propagandista, visitó nuestro país varias veces y siempre ayudó con la mayor de las energías. Cuando la contrarrevolución fascista terminó de exprimir la última gota de sangre revolucionaria, cuando las colectivizaciones anarquistas pasaron a ser sólo un recuerdo de un ardiente verano, cuando en 1939 Franco se proclamó soberano de la nación, su vida tan sólo pudo prolongarse un año más.

Emma Goldman murió sin duda decepcionada con la sociedad de su tiempo; no es de extrañar, ella era una excepción demasiado avanzada para ellos. Moriría un tanto sola, ya que años antes su mejor y más querido compañero, Alexander Berkman, se le había adelantado en la muerte. Moriría cansada, tras una vida de actividad frenética por las causas más nobles de la existencia humana. Pero, de seguro, moriría satisfecha de haber sido la persona que fue, satisfecha de su brillantez, de su amor y cuidado incondicional hacia toda la raza humana, de su profunda coherencia. Y si hoy pudiera ver el mundo que sucedió a aquellas revoluciones y contrarrevoluciones, esperamos que a la decepción de ver sus ideales desarraigados le contrarrestara el hecho de que fue, es, y será si seguimos recordándola, un faro que ilumina la vida de muchos de nosotros, un recuerdo permanente de lo que debe ser la coherencia en nuestra vida, un ejemplo a seguir en cada aspecto de la existencia.

El 14 de mayo de 1940 moría Emma Goldman en Toronto. Su cuerpo, considerado por fin inofensivo, obtuvo el permiso para cruzar la frontera y ser enterrado en el mismo cementerio donde años antes enterrarían a los "mártires" de Haymarcket, quienes tocaron por primera vez su sensibilidad y la abocaron a la lucha revolucionaria.
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- Video de ella misma contestando a unas entrevistas en un permiso temporal que le dieron para regresar a Estados Unidos después de su exilio.

Pero si realmente queréis conocerla, así como el ambiente revolucionario de principios del siglo XX, lo que mejor habla de sí misma es, cómo no, su autobiografía: Viviendo mi vida. Dos tomos de una vida increíble que no pueden leerse sin replantearnos la nuestra.

1 comentario:

  1. Aquella primera imagen del artículo ha dado vueltas por el mundo y seguirá dándolas.

    Muchísimas gracias a vosotras que, como muchas otras personas, seguís haciendo este tipo de escritos recordándonos lo que debería ser la vida real.

    Mientras lo leía, no he podido evitar acordarme de unas palabras de Francisco Ferrer i Guardia que dijo antes de su fusilamiento. Me han venido a la mente, porque a pesar de ser un día simbólico, deberíamos tener en cuenta lo más importante: lo que hizo y pensó esta gran mujer, más que adorarla, aunque también se lo merece.
    La noche anterior a su asesinato escribió un testamento. En él podría leerse: «Deseo que en ninguna ocasión ni próxima ni lejana, ni por uno ni otro motivo, se hagan manifestaciones de carácter religioso o político ante los restos míos, porque considero que el tiempo que se emplea ocupándose de los muertos sería mejor destinarlo a mejorar la condición en que viven los vivos, teniendo gran necesidad de ello casi todos los hombres. (...) Deseo también que mis amigos hablen poco o nada de mi, porque se crean ídolos cuando se ensalza a los hombres, lo que es un gran mal para el porvenir humano. Solamente los hechos, sean de quien sean, se han de estudiar, ensalzar o vituperar, alabándolos para que se imiten cuando parecen redundar al bien común, o criticándolos para que no se repitan si se consideran nocivos al bienestar general».

    Espero que sirvan estas palabras para acordarnos tanto de Ferrer i Guardia, como de Emma Goldman, como de tantos aquellos que se lo ganaron por su valentia y coraje.


    Gracias M.L.A., gracias por el recordatorio. Siempre seguirá en nuestra memoria Emma G., y todo lo que significó para nosotras, a pesar de la distancia. Un abrazo muy fuerte de tu amiga, Sanae.

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